Alejandro Carrillo
El año pasado el dolor tenía nombre y canción. Dallas, de Lázaro Cristóbal Comala, era ese sitio al que uno llega cuando ya no queda nada por decir, cuando el silencio pesa más que cualquier palabra. Era quedarse quieto, solemne, estoico, en medio del derrumbe. Pero incluso el drama más respetable se desgasta. A veces no sana: se vuelve costumbre. Y entonces uno necesita otra cosa. Algo que no niegue la herida, pero que tampoco la convierta en altar. Ahí apareció Samuel Herrera.
Samuel no discute el dolor: lo tutea. Su música no viene a redimir a nadie ni a ponerle nombre bonito a la tragedia. Si Lázaro es la habitación cerrada, Samuel es salir por unas chelas “nomás para despejarte” y terminar hablando de lo mismo, pero riéndote un poco de tu infortunio. Es el drama visto a la mañana siguiente, cuando ya sabes que exageraste… pero tampoco tanto.
Este cantautor duranguense se ha colocado como una de las voces más honestas del folk norteño: un territorio donde conviven el rock fronterizo, la música norteña mexicana y una lírica que entiende que el desamor también puede contarse sin pose. En su sonido hay acordeones y armónicas, sí, pero también guitarras eléctricas que no piden permiso. Y, sobre todo, letras que no subestiman al escucha ni le prometen revelaciones profundas a cambio de sufrir tantito.
Su historia es la clásica, sin épica artificial: secundaria, guitarra autodidacta, bandas de covers, y el inevitable hartazgo de repetir canciones ajenas. Samuel decidió escribir las suyas. Desde Pura pinchi tragedia (2020), grabado plena pandemia de tristeza, fue puliendo una voz que no busca quedar bien, sino decir las cosas como salen, incluso cuando salen medio chuecas.
En las sobrias, en las ebrias y en las crudas (2023), un disco que funciona casi como manual no autorizado del despecho cotidiano, aparece Convénceme, quizá una de sus canciones más representativas, donde el amor no se plantea como destino sino como tregua breve, negociable y perfectamente consciente de su fecha de caducidad.
El disco cuenta con colaboraciones de Anthony Escandón y del propio Lázaro Cristóbal Comala, en una especie de alianza no declarada entre cronistas del despecho y se mueve entre la cantina, el cuarto propio y la resaca moral del día siguiente, con letras que no dramatizan el fracaso amoroso, sino que lo observan con una mezcla de lucidez, humor seco y resignación norteña. No hay promesas eternas ni discursos grandilocuentes: hay vinilos girando, acuerdos tácitos y la aceptación —nada heroica— de que el “para siempre” casi siempre dura menos de lo que uno quisiera admitir.
Si vuelves que sea para siempre / aunque el siempre solo dure un par de meses / pues yo no soy de ti, mucho menos tú de mí / escuchemos vinilos de Invasores este fin…
Nada de promesas eternas ni finales trágicos. Solo acuerdos temporales, vinilos girando y la certeza de que nadie pertenece a nadie, aunque a veces finjamos que sí.
Esa claridad se siente con fuerza en Altibajos (2025), su más reciente disco de estudio, donde colaboran Juan Cirerol y Andrés Canalla. El álbum se mueve con soltura del rock folk al rockabilly y de regreso al ranchero, cargado de acordeón, armónica y electricidad en las cuerdas. Pero el verdadero voltaje está en la lírica: desamor, despecho y resignación, sí, pero escritos con un cuidado poco común dentro del regional mexicano. Aquí no hay frases de calendario ni moralejas disfrazadas de canción.
Aunque muchas de sus canciones hablan de desamor, Samuel no posa de mártir. Observa, escucha, toma nota. Muchas historias no son suyas, sino de amigos, conocidos o desgracias ajenas vistas en redes. Convertir eso en canción no es terapia: es oficio. Y también una forma de reírse un poco de lo mucho que nos gusta sufrir.
En vivo, su propuesta termina de cerrar el círculo. Samuel puede tocar en un foro independiente, una feria, una carne asada o una cantina sin pretensiones. Entre covers de Los Cardenales o de Alfredito Olivas se cuelan sus canciones, y cuando el público se da cuenta, ya está cantando algo nuevo. Luego vienen los stickers, los códigos QR, el “síganme en Spotify cuando estén bien crudotes”. Marketing emocional, pero honesto.
Este año, Samuel Herrera inicia gira por ciudades como Zacatecas, Torreón, Saltillo, Durango y Monterrey, acompañado de su banda Los Trágicos del Norte —nombre que ya dice mucho y no se toma demasiado en serio—. La invitación es simple: escuchen su música, vayan a verlo en vivo, síganle la pista a través de sus redes y juzguen ustedes mismos.
Si Lázaro canta para quienes quieren quedarse quietos en el dolor, Samuel canta para quienes ya entendieron que tampoco hay que exagerar. Que el drama se puede afinar, sí, pero también rebajarle tantito al volumen.
Samuel Herrera no viene a salvar a nadie. Viene a recordarnos, con una sonrisa ladeada y una canción bien escrita, que sufrir está bien… pero sufrir con estilo y un poco de ironía siempre se agradece.







