ESPECIAL

Especial, Orgullo Friki, Gráfica,

ENTREVISTAS

Telemetría, Escafandra, ATNLS

CASA YONKI

Casa Yonki, Sesiones Colocadas, Producciones, ATNLS

RECOMENDACIONES

Círculo de Lectura, Call me old fashioned, Cinema Coyote, Cinetiketas,

VIDEO

Cine

Comerse la vida a cuerpos: la identidad apasionada de Claudina Domingo


Falses Beatniks | Por Liz De Roman



Si así sueño mi carne, así es mi mente:
un cuerpo largo, largo, de serpiente,
vibrando eterna, ¡voluptuosamente!

Delmira Agustini


Una mujer lobo bella y feroz. Esa es la imagen que vino a mi mente cuando pensé con detenimiento en el nombre de Claudina Domingo, pues junto a la sonoridad tintineante de aquel vino una infancia en la que me rodeaba toda clase de caricaturas e historias ficticias y la única serie en que recuerdo haber escuchado un nombre similar al de ella fue en la de “Clawdeen” de Monster High, que siempre pronuncié como “Claudín”. Lo curioso de esta mención nostálgica no sería mi ignorancia respecto a la autora de mi nueva lectura, sino la reconfiguración que pude observar de la (o las) personaje que fue “Claudina” a lo largo de las páginas de Dominio (2023); de modo que, aunque aquella no estudiara en una institución para monstruos sacados de la mitología occidental, sí en varias escuelas públicas edificadas por la narrativa mexicana y, pese a que no nos referimos a una criatura sobrenatural, el sueño y las ideas serán el cauce de crecimiento de una mujer empujada a los lindes de “monstruo”.

Claudina nos entrega una novela autobiográfica y, haciéndole honor a la cercanía o incluso confidencia que tienen estos textos, la historia se rige a partir de dos temporalidades significativas en la vida de la poeta: su paso de la pubertad a la adolescencia y la mujer adulta en que se convertiría. Así, los capítulos conceden el salto y avance entre una u otra Claudina, iniciando por la mujer que llega convaleciente al hospital y regresando a la chica que añoraba salir de sus ataduras para finalmente vivir como mujer autónoma. Dicho vaivén ocurre de manera paralela, por lo que vemos crecer tanto a la chica mexicana que le tocó habitar la década de los noventa en el entonces “D.F.” y a la mujer mexicana de siglo XXI que también padeció el confinamiento por COVID-19. Ambas se dejan escuchar, mas a través de la primera se da pauta a otro vaivén: un viaje hacia los sueños y la imaginación que la otra plasma en imágenes poéticas.

En este sentido, la chica-Claudina procede de una familia trabajadora pero lo suficientemente tranquila para hacerle resentir sus limitantes. Aquí es preciso señalar que los “límites” son tan particulares como comunes a cualquiera que esté o haya estado alguna vez en esa etapa que refleja el paso de la secundaria al bachillerato; recuerdo que en cierta ocasión un maestro me dijo “nadie disfruta esa edad” y tal vez poniéndose de acuerdo con la autora, la novela expresa el caos, la confusión y al mismo tiempo las fuertes sensaciones de acabar con todo lo existente para abrirle camino a algo nuevo, a por ejemplo: la ilusión de ser otra persona o vivir otra vida. De allí, un frecuente aburrimiento por ir y regresar de la escuela a su casa (sin desvíos, un solo trayecto) o la insufrible atención de quedarse en un salón de clase muchas horas, lo que la reta a perseguir un mundo en el que fuera libre de desear, conocer y esculpir experiencias e ideales coherentes a su apasionada forma de buscar la vida. Para esta versión juvenil de Claudina, el mundo de los sueños le ofrece envolver su primera pasión: el placer de abrirse a su sexualidad.

Una de las escenas que más me atraparon fue la de una profesora de secundaria que se describe con la apariencia de Bonnie Tyler.

Siendo de las pocas a las que respetaban los alumnos, un día llega con un semblante distinto a dar una charla que tomaría toda la sesión; en ella, arranca una hoja de papel y la arruga, la hace bolita y la vuelve a estirar, luego lanza un comentario impactante: “ahora que existen los condones parece «más sencillo» tener una vida sexual desordenada. Pero es una confusión; no hay nada de inofensivo en «este mundo cruel»” (p. 40), acto seguido explica con efusividad que “una mujer puede acostarse con un hombre y con otro y creer que estará bien”, pero tras hacer pausas dramáticas y torcer la hoja repetidas veces, así como clavar una pluma en ella, la profesora comienza a enfatizar un discurso que en la superficie no sólo es conservador y machista sino violento, pero una vez sale del aula comienza una burla colectiva de todos los chicos contra una de las compañeras del curso que se rumoreaba con una vida sexual activa. Las impresiones a esta escena se dividen en dos: la de una lectora como yo, quien ve en sus palabras la negación de la sexualidad femenina mientras se le oprime con el mismo miedo de lo que la sociedad es capaz de hacerle a las mujeres que se atreven a ejercerla, y la de la chica-Claudina, la cual no se deja arrasar por su entorno y sigue fantaseando con esa vida erótica.

Quizá la siguiente pregunta sea: ¿por qué la chica-Claudina no se ha puesto en marcha por esa sexualidad? Apartando las confrontaciones con una conciencia de género, durante sus estudios de secundaria y gran parte de lo que denominará “infancia”, Claudina aún es una chica tímida y cohibida, por lo que su único escape de la realidad son los sueños, pero no de cualquier tipo, los “sueños de aire”. En ellos, Claudina es una mujer independiente con múltiples disfraces pero siempre libre de tener sexo con el hombre que se imagine. Un anhelo que se vuelve tangible hasta el bachillerato, lugar en el que decide desprenderse de su timidez y emprender una práctica sexual que concibe como la de cualquier otra afición: tanteando entre muchos intentos hasta estar satisfecha.

Para la chica-Claudina, el emprendimiento de su sexualidad será el detonante que le permite descubrir y “devorar” el mundo y los submundos que la rodean en forma de personas e historias; no obstante, en una realidad en la que se esperan grises, aquella se topa de frente con los polos: la iluminación que cree encontrar en el sexo la hace encarar el lado oscuro que la cultura ha clavado por generaciones a nuestro género. Una chica joven no “debe” manchar su cuerpo con muchos hombres, de lo contrario es un monstruo y para un monstruo la única posibilidad identitaria es el gran insulto (de afanosa letra “P”) que la sociedad patriarcal le da cuando rechazas realmente estar con “cualquiera”, cuando dices que no eres virgen, cuando “te insinúas”, cuando expresas tu deseo e individualidad, cuando al final de cuentas: eres mujer.

Ahora bien, en algún punto las obstaculizaciones a su ser deseante la empujan a la “crueldad” de la que hablaba la profesora Bonnie Tyler, donde la mujer libre y lujuriosa no “tendría que ser compatible con el amor”. Empero, alejándose de los dramas en los que no quiere ser el personaje principal y en contramedida a tal “lógica” de los hechos, se interna en un camión y se deja ir (no para perderse, sino para buscar) y lo que encuentra será el motivo fundamental de su poesía adulta: la esencia de la ciudad, de la urbe. En esta segunda pasión, la chica-Claudina aspira a capturar los sentidos y el rastro que se deja en las ruinas y construcciones, una influencia que vemos marcada en las imágenes de la mujer-Claudina, pues su modo de narrar tanto sueños como sensaciones viene de un ejercicio atento de observación de la realidad, cuyo eje termina por ser poético y con ello, hermoso.

Por lo que refiere a la mujer-Claudina, la adultez y el presente indefinido se cruzan con el dolor y la enfermedad, circunstancias que evidencian lo fácil que el ser humano, su hasta entonces vida y sus aspiraciones futuras se pueden torcer. Escuchamos con regularidad la frase “tenemos mucho tiempo por vivir”, sin embargo, lo temible para algunos es saberse preguntando ¿cuánto tiempo será? De entre tantas opciones, el tópico de la enfermedad es el más común y del que menos se quiere discutir. Claudina se aventura a mostrar su experiencia más cercana a la muerte y los estragos que mediante aquella la obligan a volver al hospital. Conforme lees sus pasajes, inevitablemente te mueves en los propios: quizá no te haya pasado a ti, pero sí a un familiar o en algún momento por equis razón te ves obligado a adentrarte en ese espacio hermético que es la salud, los hospitales, los horarios de visita, las habitaciones compartidas o los procedimientos médicos y sus consiguientes demandas, ya sean económicas o emocionales.

Pensemos en las anécdotas donde nos obligamos a enfrentar el dolor físico, un dolor de cabeza/ de estómago/ de rodilla/ de cadera y un largo listado de malestares que se nos ocurra; en cada uno Claudina conduce una comparación con las pesadillas, pues como éstas el dolor se reconoce por ser consistente y repetirse sin descanso. Sobre todo esto último: la repetición.

Así como no sabemos cuándo ni cómo nos podríamos enfermar, tampoco cuántas veces a lo largo de nuestra existencia seguirá sucediendo ni en qué alcance. Entonces, me sorprendió leer que la mujer-Claudina alude al término del “eterno estudiante” (pues se dice que nunca dejamos de aprender) para darle un sentido crudo a su experiencia: “[...] aguanto firmes, me domino mientras tiemblo de dolor. Quizás esa es la asignatura que debo recursar una y otra y otra vez. Dominio ante las propias pasiones, Dominio frente al miedo, Dominio en el dolor [...]” (176).

En conclusión, aunque debido a la naturaleza fuerte de las circunstancias se llegue erróneamente a asumir que Claudina sufre y es “una víctima” de las mismas, el tono sarcástico que le da un toque refrescante de humor a la lectura nos regresa a la realidad, porque Claudina en todas sus versiones ha sido atravesada por problemas y conflictos, pero nunca se victimiza. Al contrario: adopta una postura osada y rebelde que fluye a la contra. No se deja engullir por completo, cae profundo quizá, pero observa en ello un proceso y se acerca al lector a contarle su historia, no para compadecerse ni llorar, mucho menos dar una lección, sino exhibirse como lo quisiera alguna vez la chica-Claudina: como un personaje literario dispuesto a contar sus secretos.


Oficio del cuentista: «El club de los gatos negros»



La primavera para el colectivo de Letrhadas comenzó con el taller de cuento de la escritora Lola Ancira. Durante cinco semanas fueron revisados 15 textos de diferentes autoras y autores, con el fin de sentar las bases de la escritura del cuento. A través de la guía de la autora, las y los alumnos que se inscribieron comenzaron a ejercer el oficio del cuentista. En este dossier supervisado por la tallerista publicaremos los resultados de dicho taller. Queremos que conozcas a Lola Ancira como autora, pero también como editora y maestra del género, así que te invitamos a disfrutar la siguiente lectura.


El club de los gatos negros

Por Miguel Ángel Barragán Reyes



Era la tercera vez que pasaba ese pensamiento descabellado por la mente de Lucho. La primera vez fue solo una reflexión; ¿qué pasaría si secuestro al gato del sargento Ospina? Esos bichos suelen escaparse de casa. La gente pone carteles de ‘se busca’ constantemente. Nunca los encuentran. La segunda vez fue, más bien, un arrebato de sofismas; ¡lo salvaré de ese pedante cocainómano! Una bala en la sien, un cuchillazo en el cuello y el gato sería mío. En todo caso, los gatos son seres sobrenaturales que no pertenecen a nadie. Pero la tercera vez, más que un pensamiento, fue un plan para cometer el crimen.

            En aquel entonces, Lucho tenía 30 años. Era contador en un discreto despacho y vivía en un pequeño departamento, solo. Una vida relativamente ordinaria, sino fuese por el oscuro secreto que, a veces, lo aquejaba. 

            Al lado de él vivía el sargento Ospina y su gato negro; un felino hermoso que Lucho comenzó a desear cuando se enteró de la existencia del Club de los gatos negros; una enigmática sociedad con la que se obsesionó sin remedio.

            Verónica, la chica nueva del trabajo, le contó acerca de ello; le confesó que aquel club estaba conformado por personas que buscaban un sitio donde poder ser ellas mismas. Personas, algunas, con oscuros secretos.

            —Desnudamos nuestra alma, Luchito. Nos contamos nuestros pecados más viles.

            —Pero, ¿qué tipo de pecados?

            —De todo, créeme.

            Lucho imaginó, con gran ilusión, a un grupo de psicópatas; inadaptados que habían encontrado un refugio. Un club que ansió conocer.

            —Sí pero, ¿qué tipo de pecados?

            Verónica rio por lo desesperado que parecía Lucho. Sabía que el Club sería de su interés pues, según algunos compañeros del trabajo, Lucho se sentía atraído por órdenes secretas y antiguas; sociedades que Lucho admiraba por pensarlas enigmáticas e, incluso, perturbadoras. Illuminatis dominando la economía global. Masones a las sombras de las más grandes revoluciones políticas. Neotemplarios protegiendo viejos cánones de conocimiento.

            —Si te lo contara, incumpliría la regla número 7 del club.

            —¿Y cuál es esa regla?

            —Si te lo contara, incumpliría la número 8.

            Lucho rio, se emocionó con ese exagerado secretismo.

            —¿Y qué se necesita para entrar?

            —Si te lo contara… ¡bueno!, tal vez algún día te dé una pista.

            Pero para Lucho fue obvio, se necesitaba un gato negro. Inmediatamente pensó en el gato del sargento Ospina. Aquel animal le daría entrada a una sociedad de personas como él.

            Fue así como empezó a planear el secuestro. Lo más orgánico sería provocar que el gato saliera de casa por su cuenta. Una vez afuera, lo tomaría sin más. Para esto, tendría que dejar alimento cerca de la casa del sargento y, así, provocar la salida del gato; con un poco de suerte, el felino se haría una rutina. Lucho estaría atento de esos horarios, aunque también de la actividad vecinal en la calle. Nadie debía verlo. Robar un gato es una atrocidad que ni siquiera el Club de los gatos negros perdonaría. O peor aún, el sargento Ospina podría propinarle la más histórica de las palizas. Pero mientras pensaba en estos escenarios, con la mirada perdida y la respiración un tanto agitada, se descubrió frente a la puerta del sargento Ospina, con un cuchillo de cocina en la mano izquierda, después de haber tocado el timbre.

            Escuchó fuertes pisadas aproximándose. Ocultó el arma. Respiró. Pensó en huir, pero no lo hizo. Miró rápidamente los alrededores. Cuando el sargento abrió la puerta, lo único que se le ocurrió fue señalar, con la mano derecha, el poste de luz más cercano. Apuntaba al panfleto que hace unos días habían colocado en la colonia para pedir información sobre Noa Martínez, un chico de 19 años que había desaparecido recientemente; un cuerpo que descansaba en el departamento de Lucho. Con convincente serenidad, Lucho le comunicó al sargento que sabía dónde estaba aquél chico. El sargento, dubitativo, lo invitó a entrar para entender qué pasaba, pero en cuanto el sargento dio la vuelta, Lucho le clavó con violencia el cuchillo en el cuello. El hombre cayó mientras balbuceaba algo inentendible. El gato, con la mirada fija, indescifrable, lo vio todo.

            Durante un minuto, Lucho no pudo despegar la mirada del cuerpo que yacía en el suelo. Buscó justificaciones del asesinato dentro de su confundida mente, pero, al no encontrarlas, un extraño trance se apoderó de él; solo podía pensar en un revoltijo de ideas: el club, el gato, oscuros secretos, solución. El Club de los gatos negros podría ayudarle.

            Al día siguiente, Lucho dejó una notita en el escritorio de Verónica. ‘Ya tengo un gato negro’, decía. Verónica no comprendió el mensaje de inmediato, pero supo de quién, dadas las últimas conversaciones que habían tenido. Lucho esperaba alguna especie de confirmación, pero no fue sino hasta tres días después, en el cumpleaños número 31 de Lucho, cuando Verónica le pidió acudir al Pompeyo Café, donde lo esperaría el líder del Club.

            Al llegar, solo una persona se encontraba en una de las mesas. Vestía de negro, tenía semblante pálido y sorbía su café tan elegantemente como lo haría un gato. Al sentarse, Lucho corroboró, como se lo exigía el prejuicio, que el hombre cargaba un aura sombría, casi exagerada, casi actuada. Esto emocionó como nunca a Lucho, sabía que estaba en el lugar correcto. El hombre le pidió confiar en él. Lucho asintió. El supuesto líder cerró ventanas y puertas; le vendó los ojos y le ató una mano a la silla. Lucho accedió sin chistar.

            Al principio, se percató de que aquel hombre preparaba una suerte de utensilios. Guantes de látex que se esforzaba por ocultar inútilmente. Iba de aquí para allá sin explicación alguna. Pasaron varios minutos hasta que el lugar se tornó casi sepulcral; frío pero solemne. El hombre no decía ni una sola palabra. A lo lejos, el barullo de la calle nada más, como un recordatorio de que el tiempo no se había detenido; un recordatorio de que esto era real.

            De pronto, alguien habló. No era el hombre que lo recibió. La voz era contundente, casi violenta.

            —¿Sabes dónde estás?

            —En el Pompeyo Café.

      Irrumpió en el lugar un fuerte ‘nooooo’, gritado por varias personas. Lucho se sobresaltó. ¿En qué momento había llegado tanta gente al lugar? ¿Todos lo miraban?

            —¿Sabes dónde estás?

            —En el Club de los gatos negros.

            —¿Y qué es el Club de los gatos negros?

            —Una orden secreta de…

            ¡Noooooo!, se escuchó ahora más fuerte dentro del recinto. Lucho tragó saliva y volvió a contestar.

           —Mi hogar. El lugar donde conoceré a mis hermanos y hermanas.

           —¿Y qué quieres de nosotros?

          Una voz a lo lejos murmuró ‘quiere nuestros secretos’. Los demás parecieron seguir el juego. Lucho, en su esmero de no dar respuestas apresuradas, calló. 

           —¿Cómo saber si podemos confiar en ti? 

           —Este Club es lo que siempre deseé, sin saberlo.

           —Todo aquel que es parte de este club es iniciado en oscuros secretos, pero tememos que los reveles.

            —No pasará.

            —¿Estarías dispuesto a todo para probar tu lealtad?

            —Sí.

            —¿Seguro?

            —Sí.

            —Cuéntanos, entonces, tu secreto más vil. Solo así podremos contarte los nuestros.

            Lucho dudó. No veía nada. No sabía quiénes eran aquellos que estarían a punto de escuchar su confesión. Pero entre tanta oscuridad logró ver los ojos del gato del sargento Ospina, un recordatorio de la urgencia que debía ser atendida cuanto antes. Así que lo contó todo. Confesión tras confesión y con lujo de detalle. Andrea Lárraga, una mujer de 37 años, compañera suya en un curso de filosofía. Omar Atahualpa, un mesero del restaurante que Lucho frecuentaba. Noa Martínez, joven de 19 años que toda la colonia estaba buscando. Y, recientemente, César Ospina, un militar de 40 años, su vecino. Todos asesinados violentamente y descuartizados con delicadeza para que Lucho pudiera quedarse con los respectivos trofeos. A veces la cabeza, a veces un dedo.

            El silencio era sepulcral, casi incómodo. No era claro si alguien seguía ahí. Tal vez el Club de los gatos negros no era lo que esperaba y decidieron marcharse ante tanta atrocidad. Rápidamente decidió quitarse la venda con la mano que tenía libre. La luz era cegadora. Al principio, solo pudo advertir un pequeño grupo de personas que lo observaba. En el fondo, manchas de todos los colores adornaban el recinto.

            Cuando pudo ver con claridad, casi se le detuvo el corazón. Ni en sus momentos más oscuros habría imaginado un escenario tan atroz. Eran globos, globos de todos los colores alrededor del Pompeyo Café. También, un enorme y feo letrero que decía “Sorpresa Lucho!!”. Un pastel en medio de la mesa más grande. Un gato muy parecido al del sargento Ospina lamiéndose una de las patas delanteras. Y sí, Verónica con unos cuántos compañeros de trabajo que lo observaban con un horror indescriptible.



Miguel Ángel Barragán, filósofo de la Ciudad de México, nacido el 5 de septiembre del 89. Ha sido copywriter, storyteller y guionista en la industria de la publicidad y eventos corporativos. Actualmente diseñador de contenidos UX y amante empedernido de aquellas historias que espabilan la conciencia (o inconsciencia) y el corazón.

Código sci-fi: PP Red


Por Franco García |


Hace unos meses me reuní con el poeta guerrerense Carlos Ortiz en la cafetería El Edén, en Chilpancingo, Gro., donde solemos hacerlo siempre que coincidimos. Un par de horas nunca serán suficientes para hablar de un tema en específico: el tiempo vuela y a él sólo lo veo dos o tres veces al año. Así que tenemos que hablar a medias, o lo más breve y certero posible.

En algunos temas políticos, económicos, literarios o musicales quizá no coincidimos, pero nos respetamos. Entre tantos temas al aire, hubo uno particularmente interesante: el género de ciencia ficción. Para ser más exactos: la ciencia ficción mexicana.

¿Por qué se desprecia ese género en México? Me refiero al escrito por mexicanas y mexicanos, porque la verdad ando demasiado perdido. Se conoce más lo noir (que por momentos me cansa) o el terror (que me coquetea, pero no me atrapa). Y cuando uno habla de ciencia ficción siempre vienen a la mente Philip K. Dick, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Ursula K. Le Guin, Mary Shelley, etcétera.

Esto evidencia que estamos muy acostumbrados a lo norteamericano, a las películas gringas; fuera de ese ambiente parece carecer de sentido. Así, a la ciencia ficción mexicana no se le ha dado el valor correspondiente, y no digamos ya a la latinoamericana. Se ha intentado una y otra vez, pero no despega; su difusión resulta mínima y complicada. No se vende como otros géneros tan sobrevaluados.

Uno de los autores mexicanos que más ha trascendido en ese género es, sin duda, Pepe Rojo. Un autor underground de culto, guerrerense, buenísimo en el cuento y cronista, aunque actualmente se enfoca más en lo cinematográfico. Se le admira y respeta por lo que ha hecho en la ciencia ficción mexicana. De verdad se ha esforzado en ese terreno.

Es un admirador de Kurt Vonnegut, quien, por cierto, es otro autor norteamericano que no se lee tanto en nuestro país. O al menos no tiene el mismo peso que K. Dick o Bradbury. Cuando uno se aferra a cierta autora o autor, rara vez escapa de ese mundo literario. Pepe ha adoptado y adaptado a Vonnegut a su estilo. No se trata de imitar, sino de homenajear: buscar la propia voz que llevamos dentro. Para eso sirven las influencias literarias: para autoexplorarnos y sacar lo mejor de nosotros.

Casi todos en el mundo literario mexicano han escuchado el nombre de Pepe Rojo, pero hasta ahí. No se le ha dado la oportunidad a la ciencia ficción mexicana como debería. Recientemente el Fondo de Cultura Económica reeditó un libro de cuentos de Pepe: Estroboscopía y accidentes similares. Bef —quien también es uno de los principales exponentes del sci-fi, aunque más en la novela gráfica— fue uno de los impulsores de esta reedición. Lo dijo durante la presentación en la UNAM, donde estuve presente, ya que no se le ve mucho por la Ciudad de México.

Y no me parece mal que se le rescate, que se le reedite o edite. Ha puesto muy en alto a la literatura guerrerense y no necesita de premios o becas para demostrar su talento. Creo que por eso se ha ganado mi admiración y respeto: porque no es un autor enfermo u obsesionado con acaparar todos los premios y becas posibles.

Los cuentos que más me agradaron fueron Cosas, Breve manual para escapar de la monotonía, Estroboscopía, Tornillos y Ascensión 01. Es un deleite ver cómo Pepe explora la ciencia ficción a través de deseos, temores u obsesiones. El encuentro entre sujeto y objeto desde una perspectiva sensible, irónica, humorística, caótica, cinematográfica. Esa enajenación, revolución, revelación o rebeldía de los objetos.

Además, me recuerda un poco al libro de Jean Baudrillard El sistema de los objetos, donde analiza el exceso de objetos producidos que llevan a un vacío existencial, perdiendo el sentido de la vida a través de su acumulación. El fetichismo de la mercancía, como bien lo señaló Marx en El Capital. Objetos que, a su vez, nos permiten ascender a cierto estatus social: entre más objetos de calidad tengas, eres un ciudadano con más valor. Ese libro también estudia la frialdad de las relaciones humanas con los objetos y cómo esto caracteriza la vida moderna.

Por ejemplo, en Cosas de Estroboscopía… hay una melancolía y soledad por parte de Muñequita y Refrigerador. Esa sensación de abandono los une: logran empatizar y ser tiernos a la vez.

“—¿Te sientes solo? —le pregunta Muñequita.
Refrigerador asiente.
—Yo también —le dice Muñequita, mientras se rasca el pelo.

Muñequita suspira y empieza a sacar los alimentos que Muñeca había colocado dentro del refrigerador unos minutos antes.

—¿Estás segura? —pregunta Refrigerador.”

Lo mismo sucede en Estroboscopía:

“Me siento en una banca del parque frente a la disco. Puedo ver cómo salen las estatuas con las que bailé, caminando como si nada. Escucho un ruido detrás de mí. Hay un vagabundo que despierta. Se sienta en la misma banca que ocupo, pero lejos, en la otra esquina.

Nos quedamos en silencio observando las luces de la ciudad.

Después de unos minutos, me voltea a ver.

—Cuéntame la historia de tu vida —me dice.”

Un final abierto, con tintes cinematográficos. Sin olvidar que Pepe mantiene ese ojo de cineasta. Los objetos desempeñan un papel relevante en cada cuento, como en Ascensión 01 con el abrelatas, describiendo su vida diaria: sus miedos, su angustia, su amor, su odio, su desesperación, su entrega.

“Abrelatas está nervioso. Abrelatas no reposa. Al dormir, se agita. Sueña con Cátsup. Cátsup prohibida. Cátsup sin lata. Abrelatas tiene miedo. Algo no funciona, algo falla. Hoy lo separaron.”

Su pasión con Vela lo lleva a entregarse, a despertar derretido. O en Tornillos, que están hartos —al igual que otros objetos— de su trabajo y se rebelan contra los humanos:

“(...) el día que los tornillos gritaron ‘nunca más’, se hicieron promesas eternas de amor, los calendarios y los relojes tartamudearon, hoy era mañana, el ahí era un aguijón, birlos y bisagras, camas y libreros, las cosas y las plantas, nada volvió a callar nunca más”.

Como bien señala la cuarta de forros: objetos más humanos que sus dueños e instrucciones para vivir en un mundo futurista. Vale la pena rescatar una y otra vez la obra de Pepe para que no se le olvide; para que se mantenga más vivo, sensible y rebelde que nunca, como sus objetos.

Febrero también es para los corazones ansiosos: volver a "Punch-Drunk Love"



Retrovisión | Por Alberto Preciado

No sé cuántos de ustedes eligen qué películas ver según el momento del año que atraviesan. Seguramente algunos tienen sus rituales de películas o capítulos de serie cada Navidad o Día de Brujas. Quizás también los tengan para fechas llenas de cursilería, como el mes de febrero. Y, la verdad, ¿quién no disfruta echar una que otra lágrima de felicidad al ver que los protagonistas cierran todo el drama con el beso esperado? ¿Cuántos no soñamos con ser Heath Ledger cantando Can’t Take My Eyes Off You, o mejor aún, con que Heath Ledger nos la cantara a nosotros? Estoy seguro de que más de uno aprovechó estas fechas para llorar con Postdata: Te amo, con la tragedia romántica de Rose y Jack en Titanic, o conteniendo la respiración ante la última mirada en La La Land.

Películas para disfrutar en febrero hay muchísimas —para gustos, colores—. Pero hay una que pasó medio desapercibida en su momento y que todavía hoy muchos no incluirían en sus listas cuando algún reportero de Letterboxd, en su imaginación, les pida dar sus cuatro películas de amor. Y es justamente de esa película de la que quiero hablar en esta Retrovisión.

Pocas películas han combinado la efervescencia del Hollywood clásico con los ritmos frenéticos de la vida moderna con tanta audacia como Punch-Drunk Love. Paul Thomas Anderson construye el retrato nervioso de un vendedor de destapadores de inodoros cuyo mundo se ve perturbado por un nuevo romance. Su estilo —como en muchas de sus obras— se manifiesta en un enfoque musical audaz, en una cámara que también narra, y en actuaciones memorables.

Adam Sandler ofrece aquí una actuación extraordinaria en un momento en que ya era un gigante de la comedia. Si por casualidad esta fuera la primera película que vieras de él, pensarías —estoy seguro— que estás frente a uno de los grandes.

Algo que después confirmaría en Uncut Gems o Spaceman. Barry, su personaje, está lleno de ansiedad, tristeza y problemas de ira. Durante toda la película, la cámara invasiva nos muestra su soledad. Anderson logra ponernos los anteojos de una persona ansiosa: la música, los ruidos del almacén que rugen como dinosaurios, las puertas y las llamadas telefónicas que van y vienen sin dejarnos respirar. Por momentos, vemos el mundo con ojos de terror. Todo esto con un lente sutil y bello.


Al inicio, Barry debe decidir si quedarse con un armonio que aparece frente a él tras un accidente. Así también aparece el amor: de manera inesperada. Debe decidir qué hacer con esa oportunidad. Sabemos que tiene siete hermanas —sus propios jinetes del apocalipsis— que invaden su privacidad, le dan órdenes y lo menosprecian. En una reunión familiar intenta mostrarse cordial, pero la tensión se percibe en su sonrisa rígida y en sus ojos inquietos; de pronto, estalla y patea las puertas de vidrio.

Este es su patrón: presenta al mundo un rostro de alegre insipidez y luego irrumpe en explosiones de violencia frustrada. Ni siquiera empieza a comprenderse a sí mismo. Siempre está a la defensiva, inseguro, vagamente amenazado. La hostilidad que en otras comedias de Sandler se disfraza de humor aquí se revela en su forma más cruda.

La película se vuelve sumamente disfrutable al observar a un Sandler liberado de la fórmula de la risa fácil, revelando un actor con verdadera profundidad. En el universo de Anderson, las personas se encuentran por azar y por necesidad, no por exigencias del guion. Barry conoce a Lena Leonard (Emily Watson), una ejecutiva dulce y de mirada intensamente concentrada. Se gustan de inmediato.

A lo largo de la película, el protagonista es perseguido por el amor: ese color rojo que lo sigue en forma de Lena, anuncios y flechas, intentando curar el azul que parece simbolizar su tristeza. Mientras tanto, Barry lidia con la absurda persecución de una empresa de sexo telefónico de Utah.

Uno de los momentos que más disfruto es cuando Barry viaja a Hawái. De repente comprende que él también puede ir tras el amor. Ese entendimiento repentino —que no estamos condenados a la tristeza— es algo que también disfruto de la vida. Barry descubre que el amor puede ayudarle a enfrentar sus problemas y nos regala la frase: “Tengo un amor en mi vida que me hace más fuerte que cualquier cosa que puedas imaginar.”

Punch-Drunk Love es, ante todo, el retrato de una personalidad herida. Barry Egan ha sido dañado, quizá más allá de toda reparación, por lo que percibe como las depredaciones de sus hermanas dominantes. Lo enloquece que la gente se entrometa en sus asuntos. No soporta que lo traten con ligereza. Su mundo está lleno de presagios inquietantes y situaciones desconcertantes. El personaje está retratado con gran viveza, y la película simpatiza con él en su desmesura.

Al final, vemos cómo el amor derrite su ansiedad, y Barry decide que no puede vivir una vida sin Lena.

Esta película entra en mi lista de febrero por mostrar, de forma magistral, cómo el amor nos persigue incluso cuando estamos demasiado asustados para darnos cuenta. A veces basta con atrevernos a dar un paso. Porque, como Barry descubre, no se trata de dejar de sentir miedo, sino de avanzar a pesar de él. Y quizá por eso, en Hawái —o en cualquier lugar donde decidamos intentarlo— el aire siempre puede oler a flor.


Como mordida canina e infernal

 

Por Franco García |


A Céline Degardin

L'Amour Est Un Chien de L'Enfer
(Crazy Love)
Dominique Deruddere
Bélgica, 1987


Ya lo decía el gran poeta maldito y narrador norteamericano Charles Bukowski, que el amor era como un perro del infierno. Vivir enamorado nada bueno nos traería. Era peor que el alcohol o las drogas. Bukowski, que supo moverse en el bajo mundo de Los Ángeles, California, comprendió que el verdadero amor rugía desde las entrañas y que pocos son los valientes que deciden ingresar a las fauces del infierno. Porque el amor quema, arde, ruge, desgarra, muerde y te asesina lentamente. Con una narrativa seca y sin tantos artificios literarios nos aleja de todo cliché para aceptar la cruda realidad. Pero Bukowski también era un nostálgico y romántico. Sus poemas lo evidencian. Su dolor y su fracaso en el amor lo llevaron a escribir unos textos magistrales, verdaderas obras literarias. El gran poeta del fracaso, el santo patrono de los perdedores.

Contaba con más libros de poesía que de narrativa, pero ambos talentos lo llevaron a ser un maestro del mal llamado “realismo sucio”. Mucho se ha hablado de él y, pese a sus imitadores y críticos, su obra sigue más vigente que nunca.

Dominique Deruddere (Turnhout, Bélgica, 1957), cineasta, actor y productor belga, llevó a la pantalla grande uno de sus mejores filmes inspirado precisamente en uno de los más memorables libros de la poesía norteamericana: El amor es un perro del infierno. Poemas 1974–1977. Fue en 1987 cuando L'Amour Est Un Chien de L'Enfer se estrenó en los cines de Estados Unidos (traducida como Crazy Love), convirtiéndose en una de las primeras películas flamenco-belgas en salir del país. Aunque no tuvo buenas críticas, hoy podría considerarse una obra de culto debido a su poca difusión y conocimiento. Y sería bueno considerarla, extraerla de los archivos muertos para homenajearla, brindarle el respeto que se merece toda obra de arte. Un clásico del cine belga que no debe morir.

Porque Dominique Deruddere logró lo que pocos cineastas europeos llevan a cabo: fusionar poesía y cine, un género híbrido, quizás. Adoptó y adaptó los textos literarios de Charles Bukowski a su mundo cinematográfico. El actor Josse De Pauw, quien interpreta a Harry Voss, realizó un papel modesto y maravilloso. Es el personaje principal y una clara personificación de Charles Bukowski.

Desde la infancia hasta la etapa adulta, Harry Voss atraviesa por una vida cruda. Un padre alcohólico y una madre sumisa, viviendo en un hogar pobre de Bélgica. Pese a esa desgracia, Harry Voss idealiza el amor. Se enamora de una ilusión a temprana edad e intenta mantener relaciones sexuales con la madre de un amigo mientras ella duerme borracha en su cama y fracasa. Son los primeros acercamientos y descubrimientos a su vida sexual. Llegada la adolescencia, se enferma de acné quístico crónico que lo aleja de las mujeres y, de nueva cuenta, intenta mantener relaciones sexuales con una mujer en un auto pero sufre el rechazo por no ser atractivo físicamente. No sólo su vida sentimental comienza a ser reprimida, sino también la sexual.


Al pasar los años, siendo adulto, se vuelve alcohólico, callejea pero no deja de buscar el amor en cada rincón de su pueblo. Cree en él, mantiene un poco la esperanza a flote. Podrá ser un fracasado, pero lucha contra las crudas pruebas de la vida. Tiene un solo amigo, Stan, interpretado por Michael Pas. Junto a él emprenden entonces una nueva aventura para buscar ese “amor loco”, su verdadero amor.

Al pasar los días se encuentran con el cadáver de una mujer hermosa y lo roban, entre broma y broma, para aprovecharse de ella. Un acto necrófilo desde luego. Pero Voss, al contemplarlo, no puede con algo así; es imposible que algo tan bello acabe sin sentido. Es injusto para el recuerdo de la chica de sus sueños, lo cual nos demuestra que todo hombre tiene traumas infantiles, fisuras en su alma. Hasta que termina suicidándose en el Mar del Norte con ella.

Sin duda, es una historia compleja, con una atmósfera tétrica que lleva al espectador a adentrarse en la mente y corazón de Harry Voss y cómo el rechazo, el romanticismo, el fracaso y la enfermedad nos conducen a nuestros límites, a tratar de llenar vacíos existenciales.

La propuesta de Dominique Deruddere también nos lleva a cuestionarnos: ¿de qué está hecho el amor entonces para Voss? Con toda seguridad, de vísceras, alcohol, desesperación y agonía. ¿El amor debe ser una batalla constante? ¿Por qué no rendirnos? ¿El amor todo lo puede y supera?

Enamorarse puede aterrorizar, llevarte a la locura y posiblemente pocos se atreven a entregarse por completo. Nadie quiere compromisos porque quizás implica subordinarse. Nadie quiere enamorarse porque quizás enferma o porque quizá al primer error que cometas huyan y te dejen con el remordimiento de por vida.

El amor muerde, desgarra, ruge, quema, arde, destroza; pero también aúlla durante las noches frías e infernales. Charles Bukowski entendió a la perfección este dilema por el que atraviesan los seres humanos. Amar y ser amado es lo ideal, lo justo; pero para él el valor está en amar, y no importa cuántas veces te hayan roto el corazón: sólo hay que amar y ya.



Bunbury y la fe en la incertidumbre: “Creer que se puede creer”


Las reseñas innecesarias | Karla López



Enrique Bunbury ha publicado recientemente “Creer que se puede creer” el tercer sencillo del álbum “De un siglo anterior”, cuyo lanzamiento está previsto para abril de este año. Y, conste que digo, tercero, porque ya nos adelantó “La voz” y también “Un brindis al sol”. ¡Así que vayan a escucharlas! Bueno, si no quieren no, pero sí están padres las rolas.

Aunque desde ahorita sí les digo que, De un siglo anterior, destaca por su diversidad musical, así que no vayan a encasillar al aragonés estrictamente en el rock, ya que este disco promete una combinación ecléctica de géneros. Por lo que, si tienes curiosidad, mejor compra el disco, porque a mí me gusta dar el chisme a medias.


Pero, bueno, volviendo al tema que nos ocupa, que es su reciente sencillo, solo diré desde mi humilde punto de vista, que en él se aborda el tema de la esperanza, la autoconfianza y la lucha interna entre la duda y la fe, pues indirectamente, nos habla de avanzar sin tener certezas, de confiar a pesar de no tener todas las respuestas, así como de creer en aquello que se puede aprender en la incertidumbre. Incluso, nos invita a reflexionar sobre la búsqueda de sentido en la vida y de conexión, cuando en su estrofa dice:

“No me siento en casa en ninguna parte, pero me siento bien en cualquier lugar. Quizás hay algo aquí a lo que deba asomarme tras el velo transparente de la gravedad”

Aunque esto no debería de sorprender, pues el artista zaragozano siempre trae bajo la manga temas para filosofar o reflexionar sobre la vida y que son susceptibles de múltiples interpretaciones.

Lo anterior se complementa con su videoclip, el cual es dirigido por Laura G. Escribano, en el cual se utiliza una especie de estética vintage, llena de sombras y luces tenues para crear una atmósfera introspectiva y en donde una mujer explora en caminos vacíos y paisajes cambiantes que evocan la idea de la incertidumbre, mientras Bunbury canta con una camiseta cuyo mensaje dice “Spiritual Rebel”, así que cada quien llegue a sus propias conclusiones.



Por lo pronto, solo puedo concluir después de este vaguísimo análisis, que el sencillo es bueno, SIN EMBARGO, me gustó más el optimismo que nos da “Un brindis al sol” pues es como un llamado a la gratitud, un homenaje a las experiencias vividas, tanto las tristes como las alegres, mientras que “Creer que se puede creer” nos invita a no perder la esperanza. Pero conste, que no estoy insinuando que una rola es mejor que la otra sino que el gusto dependerá del mood en el que te encuentres.


Francamente, a estas alturas de la reseña, me siento un poco como “la insoportable sabelotodo” al tratar de descifrar la letra de sus canciones, ya que solo el cantautor sabe realmente su significado y uno solo interpreta el mensaje, pero no puedo evitar caer en este vicio de escribir y analizar, lo siento. Lo peor es que a veces, me imagino que en algún momento Enrique leerá este tipo de reseñas en casa, en el avión o dondequiera que esté, y quizás va a pensar que ninguno de los que opinamos sobre sus canciones, tiene ni la más remota idea de lo que quiso decir o que simplemente no quiso decir nada. Y si ese fuera el caso, te pido una disculpa, mi estimado Bunbury. Pero esto sucede porque te tengo en el concepto de cantante profundo y filosófico; de lo contrario, no analizaría tus letras o videos.

En fin, no quiero especular más, se supone que daría mi opinión únicamente respecto al nuevo sencillo y me extendí de más al hablar también sobre su disco, así que detendré el análisis y me alejaré lentamente.

Ya para irme, les recomiendo que sigan de cerca la gira de Enrique Bunbury llamada Nuevas Mutaciones Tour 2026, a través de sus páginas oficiales, para estar al tanto de todas sus presentaciones.

«A través del vaso» de Mariana H: un viaje sonoro alrededor del rock en México


La entrevista... ese género | Por Óscar Alarcón

@metaoscar


En la mayoría de las ocasiones, cuando se llevan a cabo entrevistas, deben centrarse en las respuestas de los entrevistados. Pareciera ser una obviedad lo que acabo de escribir. Sin embargo, siempre he creído que el entrevistador también es un protagonista. No el que se roba la escena, pero juega un rol fundamental.

Me explico.

El entrevistador debe de tener un conocimiento profundo del tema a tratar con su entrevistado. Debe de hacer un trabajo previo de investigación, meterse a los escenarios, a la vida profesional de la persona con la que entablará un diálogo. Así se irá hilvanando el tejido de las preguntas que llevará a buen puerto la charla. Escribo en cursivas “debe” pues el periodismo –trátese de la fuente que se tratara– implica investigación, equilibrio en la verdad y esclarecer los supuestos.

Para hacer una entrevista que atrape al lector, será necesario plantear preguntas inteligentes, ágiles, que le permitan al interlocutor expresarse libremente. Meterlo en apuros, pero no incomodarlo. En otras palabras: cuestionarlo, pues estamos en una entrevista, no en un interrogatorio policíaco.

Las preguntas, si se expresan de manera inteligente y con el objetivo de que nuestro entrevistado declare todo lo que sabe, se volverán un excelente texto periodístico. Si se busca el morbo o la anécdota fácil quedará en el olvido o en mero contenido para redes sociales inmediatas o en la persecución del click bait tan recurrente de esta época.

Si busca la declaración incendiaria estará más cerca del sensacionalismo que del periodismo.

Y un libro que refleja lo que he mencionado es A través del vaso de Mariana H, en donde entrevista a rockeros mexicanos. Es notorio no sólo su trabajo de investigación –que hay detrás de cada una de las charlas– sino que es vive dentro del contexto rockero y por ello le apasiona el tema.

En A través del vaso, cuando la pregunta y la respuesta fallan, la crónica saca a flote la entrevista. Y eso, más que un error, lo considero un acierto, pues la entrevista es una de las bases para escribir una crónica.

En una época en donde muchas voces dijeron que el rock pasó a mejor vida apareció este libro. Y también se publicó en una época donde todos estábamos al borde de pasar a mejor vida. A través del vaso se publicó en agosto de 2020, en plena pandemia por COVID-19.

Se nota que las entrevistas fueron previas a este año que marcó la vida del planeta para siempre pues lo mismo se habla de los próximos conciertos que de los proyectos que se estrenarán pronto, como si tuviéramos la vida comprada.

Mariana H tiene la enorme ventaja de estar empapada de música. Una cualidad que, como ya mencioné no es un signo negativo, por el contrario, me parece que la preparación de una entrevista debe hacerse con conocimiento de causa, con preguntas que pueden descolocar al entrevistado, con guiños a situaciones personales. Mariana H hace periodismo musical, reflexiona sobre lo que escucha de cada uno de sus entrevistados y entrevistadas y, en ocasiones, saca sus conclusiones personales.

En la entrevista se vale echar mano de todos los recursos; así, el lector se sentirá más encanchado, como leer a un par de amigos que recuerdan las anécdotas del pasado entre vodka, mezcales o agua mineral.

Esa es la ruta por la que transcurre A través del vaso: uno se siente como si Lino Nava, Amandititita, Dr. Shenka o Pepe Mogt se acabaran de bajar del escenario, con el sudor en el pecho y la guitarra recién puesta en su estuche para sentarse a platicar con Mariana H.

La periodista platicó con 26 músicas y músicos del rock mexicano y nos trae un libro multicoral –nunca mejor aplicado este adjetivo– pues leemos las declaraciones de gente que está a punto de estrenar un disco completamente vocal, como el caso de Ely Guerra –disco que por momentos nos recuerda al disco Medúlla de Björk–, o tipos que prácticamente regresaron de la muerte como Sabo Romo. Las anécdotas no sólo nutren las entrevistas, sino que, gracias a la observación de Mariana H, se convierten en historias. Sabe guiar la charla y en otros momentos permite que el entrevistado conduzca el hilo de la plática.

Lo mismo están los músicos cuyo objetivo primordial es divertirse, como el caso de Jay de la Cueva o Silverio; hasta los que saben que ser rockero es un trabajo de tiempo completo como José Manuel Aguilera o Chema Arreola, éste último se desmarca y, al mismo tiempo, recuerda a Juan José Arreola.

Las entrevistas no tienen una temática que las unifique y eso es un acierto pues los estilos de cada uno nos permiten tener un catálogo de música al cual acercarse a escuchar de manera tranquila en casa o mientras manejamos por el caos vial.

Las formas de abordar la música también son un crisol: Amandititita nos cuenta cómo luchó contra la figura de Rockdrigo González, su padre; Tammy Tamerlane habla de su trabajo como maquillista de muertos como una alternativa a estar sobre un escenario.

Con Cecilia Toussaint habla sobre ser madre y cómo conoció a Jaime López, entre otros temas. Con Jaime López se echa un clavado a la historia y le pregunta sobre el 68 y sobre Avándaro.

El viaje sonoro que Mariana H emprende nos lleva a leer a Amandititita; Abulón; Lino Nava; Fernando Rivera Calderón; Cecilia Toussaint; Dr. Shenka; Ely Guerra; José Manuel Aguilera; Jay de la Cueva; Denise Gutiérrez; Paco Huidobro; Jaime López; Tammy Tamerlane; Tito Fuentes; Clemente Castillo; Pato Machete; Natalia Lafourcade; Joselo Rangel; Jessy Bulbo; Daniel Gutiérrez; Chema Arreola; Pepe Mogt; Silverio; Sergio Arau; Sabo Romo; Ximena Sariñana.

Samuel Herrera: la borrachera después del drama


Alejandro Carrillo 


El año pasado el dolor tenía nombre y canción. Dallas, de Lázaro Cristóbal Comala, era ese sitio al que uno llega cuando ya no queda nada por decir, cuando el silencio pesa más que cualquier palabra. Era quedarse quieto, solemne, estoico, en medio del derrumbe. Pero incluso el drama más respetable se desgasta. A veces no sana: se vuelve costumbre. Y entonces uno necesita otra cosa. Algo que no niegue la herida, pero que tampoco la convierta en altar. Ahí apareció Samuel Herrera.

Samuel no discute el dolor: lo tutea. Su música no viene a redimir a nadie ni a ponerle nombre bonito a la tragedia. Si Lázaro es la habitación cerrada, Samuel es salir por unas chelas “nomás para despejarte” y terminar hablando de lo mismo, pero riéndote un poco de tu infortunio. Es el drama visto a la mañana siguiente, cuando ya sabes que exageraste… pero tampoco tanto.

Este cantautor duranguense se ha colocado como una de las voces más honestas del folk norteño: un territorio donde conviven el rock fronterizo, la música norteña mexicana y una lírica que entiende que el desamor también puede contarse sin pose. En su sonido hay acordeones y armónicas, sí, pero también guitarras eléctricas que no piden permiso. Y, sobre todo, letras que no subestiman al escucha ni le prometen revelaciones profundas a cambio de sufrir tantito.

Su historia es la clásica, sin épica artificial: secundaria, guitarra autodidacta, bandas de covers, y el inevitable hartazgo de repetir canciones ajenas. Samuel decidió escribir las suyas. Desde Pura pinchi tragedia (2020), grabado plena pandemia de tristeza, fue puliendo una voz que no busca quedar bien, sino decir las cosas como salen, incluso cuando salen medio chuecas.


En las sobrias, en las ebrias y en las crudas (2023), un disco que funciona casi como manual no autorizado del despecho cotidiano, aparece Convénceme, quizá una de sus canciones más representativas, donde el amor no se plantea como destino sino como tregua breve, negociable y perfectamente consciente de su fecha de caducidad.

El disco cuenta con colaboraciones de Anthony Escandón y del propio Lázaro Cristóbal Comala, en una especie de alianza no declarada entre cronistas del despecho y se mueve entre la cantina, el cuarto propio y la resaca moral del día siguiente, con letras que no dramatizan el fracaso amoroso, sino que lo observan con una mezcla de lucidez, humor seco y resignación norteña. No hay promesas eternas ni discursos grandilocuentes: hay vinilos girando, acuerdos tácitos y la aceptación —nada heroica— de que el “para siempre” casi siempre dura menos de lo que uno quisiera admitir.

Si vuelves que sea para siempre / aunque el siempre solo dure un par de meses / pues yo no soy de ti, mucho menos tú de mí / escuchemos vinilos de Invasores este fin…

Nada de promesas eternas ni finales trágicos. Solo acuerdos temporales, vinilos girando y la certeza de que nadie pertenece a nadie, aunque a veces finjamos que sí.

Esa claridad se siente con fuerza en Altibajos (2025), su más reciente disco de estudio, donde colaboran Juan Cirerol y Andrés Canalla. El álbum se mueve con soltura del rock folk al rockabilly y de regreso al ranchero, cargado de acordeón, armónica y electricidad en las cuerdas. Pero el verdadero voltaje está en la lírica: desamor, despecho y resignación, sí, pero escritos con un cuidado poco común dentro del regional mexicano. Aquí no hay frases de calendario ni moralejas disfrazadas de canción.

Aunque muchas de sus canciones hablan de desamor, Samuel no posa de mártir. Observa, escucha, toma nota. Muchas historias no son suyas, sino de amigos, conocidos o desgracias ajenas vistas en redes. Convertir eso en canción no es terapia: es oficio. Y también una forma de reírse un poco de lo mucho que nos gusta sufrir.

En vivo, su propuesta termina de cerrar el círculo. Samuel puede tocar en un foro independiente, una feria, una carne asada o una cantina sin pretensiones. Entre covers de Los Cardenales o de Alfredito Olivas se cuelan sus canciones, y cuando el público se da cuenta, ya está cantando algo nuevo. Luego vienen los stickers, los códigos QR, el “síganme en Spotify cuando estén bien crudotes”. Marketing emocional, pero honesto.

Este año, Samuel Herrera inicia gira por ciudades como Zacatecas, Torreón, Saltillo, Durango y Monterrey, acompañado de su banda Los Trágicos del Norte —nombre que ya dice mucho y no se toma demasiado en serio—. La invitación es simple: escuchen su música, vayan a verlo en vivo, síganle la pista a través de sus redes y juzguen ustedes mismos.

Si Lázaro canta para quienes quieren quedarse quietos en el dolor, Samuel canta para quienes ya entendieron que tampoco hay que exagerar. Que el drama se puede afinar, sí, pero también rebajarle tantito al volumen.

Samuel Herrera no viene a salvar a nadie. Viene a recordarnos, con una sonrisa ladeada y una canción bien escrita, que sufrir está bien… pero sufrir con estilo y un poco de ironía siempre se agradece.


© Copyright | Revista Sputnik de Arte y Cultura | México, 2022.
Sputnik Medios